17/4/2026
EN RESUMEN
En una formación en V casi perfecta, el S&P 500 recuperó entre el 30 de marzo y el 14 de abril las pérdidas registradas tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. ¿Cómo encaja esta evolución con los acontecimientos sobre el terreno? Desde una perspectiva positiva, la guerra con Irán parece avanzar hacia una desescalada militar, mientras se están celebrando conversaciones de alto nivel entre Irán y Estados Unidos. Sin embargo, desde una óptica menos favorable, los objetivos bélicos de EE. UU. siguen sin estar claros; Israel, menos proclive a la negociación, no participa en las conversaciones, y el estrecho de Ormuz continúa prácticamente cerrado.
Esta situación también puede interpretarse de forma constructiva: el bloqueo impuesto por Estados Unidos obliga principalmente a China —que obtiene el 80 % de sus importaciones de petróleo del Golfo— a desempeñar un papel más activo en las negociaciones de paz. En consecuencia, el conflicto podría desplazarse del terreno militar, más imprevisible, al ámbito económico, siempre que —y esa es la esperanza— el régimen iraní ceda ante la presión económica. No en vano, fue fundamentalmente la situación económica la que llevó a la población a las calles de Teherán a comienzos de 2026.
Al mismo tiempo, no debe subestimarse la disposición de la cúpula iraní a aceptar un mayor sufrimiento de la población si considera poco atractivas las condiciones de un eventual acuerdo. La experiencia de los últimos doce meses —periodo en el que Irán fue bombardeado en dos ocasiones mientras se desarrollaban negociaciones— probablemente ha minado de forma significativa la confianza en la otra parte. Resulta difícil vislumbrar cómo podría alcanzarse un compromiso duradero, por ejemplo en materia nuclear. Por ello, no descartamos que, en la antesala de la cumbre entre Estados Unidos y China prevista para mediados de mayo, el conflicto quede simplemente congelado de manera informal. En otras palabras, pese a la desescalada militar en curso, la evolución futura del conflicto sigue presentando un elevado potencial de sorpresas.
*Esto nos devuelve a la cuestión inicial: ¿refleja el comportamiento del S&P 500 únicamente la evolución del conflicto? Consideramos que no. Han entrado en juego otros factores positivos, como un sólido inicio de la temporada de resultados del primer trimestre, junto con revisiones al alza continuas de las previsiones de ventas, inversión y uso en el sector de la inteligencia artificial, apoyadas además por lanzamientos de productos convincentes. Como resultado, las estimaciones de beneficios del S&P 500 para 2026 se han revisado al alza en un 5 % desde comienzos de año.
Los más escépticos podrían ofrecer una explicación sencilla a los movimientos de los mercados desde comienzos de marzo: los inversores se han limitado a mirar a la historia en busca de referencias. Tal y como muestra el gráfico 1a, desde 1945 el S&P 500 ha reaccionado, de media, a los acontecimientos geopolíticos casi exactamente del mismo modo que en esta ocasión. Pese a todas las dudas razonables sobre la validez de promediar conflictos estructuralmente imprevisibles, este enfoque aritmético ha resultado acertado esta vez. Ello podría reflejar también el hecho de que Estados Unidos —y, por extensión, la renta variable estadounidense— se ve relativamente poco afectado por conflictos en los que desempeña un papel central.
Como ilustra el gráfico 1b, el Dax ha registrado un comportamiento significativamente peor desde el estallido de la guerra que el Nasdaq, que, apoyado en el renovado protagonismo del ya sólido tema de la inteligencia artificial, ha vuelto recientemente a situarse por delante del S&P 500 tras un comienzo de año complicado.


Al evaluar el impacto, es necesario distinguir, por un lado, entre los mercados de capitales y las economías reales, y por otro, entre los efectos a corto y a más largo plazo. Los mercados de renta variable ya podrían estar repuntando, mientras que las consecuencias de la guerra solo se van transmitiendo lentamente a través de las cadenas de suministro globales y acaban reflejándose en los balances empresariales. En el próximo capítulo nos centraremos en los mercados de capitales.
Los cambios en nuestras previsiones económicas para 2026 y 2027 se publicarán tras nuestra reunión trimestral ordinaria de estrategia, a mediados de mayo. No sería sorprendente que las previsiones de crecimiento se revisaran a la baja y las de inflación al alza, especialmente cuanto más tiempo permanezca efectivamente cerrado el estrecho de Ormuz. Es probable que las escaseces físicas de muchas materias primas solo se hagan plenamente visibles en los próximos meses. En nuestra opinión, cada día adicional del bloqueo retrasará aún más la normalización de las rutas comerciales y de transporte. Con independencia del ciclo económico, esta experiencia probablemente llevará a muchos agentes a reponer o incluso ampliar sus inventarios de materias primas, manteniendo elevada la demanda. Como consecuencia inmediata de estas escaseces, también esperamos cambios en el comportamiento turístico este verano; en particular, es probable que más europeos de lo habitual opten por quedarse dentro de Europa.
A más largo plazo, esperamos un nuevo impulso hacia el reshoring, es decir, esfuerzos por diversificar de forma más amplia las cadenas de suministro o relocalizarlas más cerca del país de origen. Está por ver en qué medida la reciente actuación unilateral de EE. UU. llevará a que los socios comerciales actuales busquen cada vez más alternativas y reduzcan su disposición a invertir en activos financieros estadounidenses y, en última instancia, en el dólar. No obstante, existe un amplio consenso en que la guerra con Irán ha infligido un nuevo golpe al sistema del petrodólar que ha existido durante aproximadamente cincuenta años. Queda por ver si la Unión Europea (UE) utilizará esta última —una más entre muchas— llamada de atención de forma más decidida para impulsar reformas. En esta ocasión, el resultado de las elecciones en Hungría podría reforzar moderadamente las expectativas: el primer ministro electo, Péter Magyar, ha manifestado su intención de mejorar las relaciones con la UE, lo que supone un cambio tras años en los que Viktor Orbán utilizó reiteradamente el derecho de veto de Hungría para bloquear decisiones de la UE.
En los mercados digitales de apuestas, los acontecimientos relacionados con las elecciones de mitad de mandato en EE. UU. ya han sido notables. Mientras que en febrero los mercados asignaban una probabilidad del 66 % a una victoria republicana en el Congreso, esta ha caído recientemente hasta el 46 %. Dicho esto, consideramos que el impacto en los mercados es limitado, dado que Trump, en gran medida, ya ha implementado las principales medidas de su agenda política declarada.
Quienes encuentren difícil conciliar la evolución actual de los mercados con el desarrollo de la guerra pueden recordar un patrón habitual observado en crisis pasadas (como durante la pandemia de la Covid‑19 o la crisis financiera de 2008): los mercados caen hasta que se alcanza el punto de máxima incertidumbre, el denominado “peak fear”, momento en el que se ha descontado la prima de riesgo más elevada. En la situación actual, este momento podría haber sido el día en que el presidente de EE. UU. amenazó públicamente con “bombardear Irán hasta devolverlo a la Edad de Piedra”. Desde entonces, los mercados han iniciado una senda de desescalada, si bien sin ninguna garantía de que ello desemboque finalmente en una paz sostenible y duradera.
Al margen de ello, el entorno actual parece estar generando más factores de apoyo para la renta variable que para la renta fija, en gran medida debido a la persistencia de las preocupaciones inflacionistas. En principio, la renta variable puede absorber relativamente bien cierto nivel de inflación, ya que esta se refleja en precios más altos, mayores ingresos y, en última instancia, mayores beneficios empresariales. Al menos a la vista de los resultados trimestrales publicados hasta ahora, existen pocas señales de debilitamiento de la demanda.
Dicho esto, el principal riesgo potencial no se encuentra tanto en los beneficios como en las valoraciones. Si las rentabilidades se mantienen elevadas durante más tiempo o continúan aumentando, en lugar de descender gradualmente como esperamos, los múltiplos de valoración podrían verse sometidos a una presión creciente. En un contexto de política fiscal debilitada por la guerra, sería comprensible que se intensificaran las preocupaciones en torno a unas rentabilidades estructuralmente más altas: mayor gasto en defensa, aumento de la inversión en autosuficiencia energética, paquetes de apoyo gubernamental para amortiguar el impacto de los elevados costes energéticos y una posible reducción de los ingresos fiscales derivada de una actividad económica más débil.
Bonos y Divisas
Los mercados de renta fija siguen siendo complejos, ya que el shock geopolítico derivado del conflicto con Irán agrava aún más los dilemas existentes en materia de política monetaria. Los bancos centrales deben seguir equilibrando los riesgos de inflación con la desaceleración del crecimiento, una tarea delicada que deja a los mercados de tipos de interés expuestos a una elevada volatilidad. En consecuencia, mantenemos un enfoque táctico en términos generales y anticipamos correcciones a corto plazo, incluso aunque esperamos un entorno de rentabilidades moderadamente a la baja a medio plazo.
En Estados Unidos, seguimos esperando recortes de tipos, pero en una fase más tardía de lo que el mercado preveía recientemente. El impulso inflacionista derivado del aumento de los precios de la energía incrementa el riesgo de que la Reserva Federal (Fed) priorice la cautela frente a la rapidez y espere a observar un descenso claro de la inflación antes de actuar. Nuestro escenario central sigue siendo, por tanto, una relajación monetaria retrasada, siendo el principal riesgo no una reanudación de las subidas de tipos, sino un periodo prolongado de política monetaria restrictiva. En este contexto, seguimos apostando por un enfoque prudente y táctico a lo largo de la curva de tipos y esperamos que el dólar estadounidense se debilite, ya que las tensiones geopolíticas, las presiones fiscales y la pérdida progresiva de su atractivo como activo refugio probablemente limiten la confianza en la divisa a medio plazo.
En la zona euro, la senda de la política monetaria es aún menos clara. Aunque un endurecimiento inmediato no forma parte de nuestro escenario central, la persistencia de las presiones inflacionistas —especialmente a través de los precios de la energía— deja abiertas nuevas opciones en caso de que se produzcan efectos de segunda ronda. El Banco Central Europeo (BCE) se encuentra, por tanto, en una situación altamente dependiente de los datos y de los acontecimientos, lo que favorece una elevada volatilidad de las rentabilidades a corto plazo. En términos generales, mantenemos una visión selectivamente positiva sobre la deuda pública, al tiempo que conservamos una posición neutral en crédito, con foco en la calidad, la disciplina en vencimientos y una captación selectiva del carry y del efecto roll-down.
Renta Variable
Los mercados bursátiles globales han reaccionado hasta ahora de forma relativamente tranquila al conflicto con Irán. Los activos de riesgo continúan cotizando en niveles elevados, la volatilidad se mantiene moderada y el sentimiento del mercado sugiere actualmente que las tensiones geopolíticas, si bien constituyen una fuente de riesgo, no se perciben como una amenaza grave a corto plazo para el crecimiento ni para los beneficios empresariales. El aumento de los precios del petróleo tiene un efecto inflacionista, pero hasta el momento los mercados lo han considerado manejable, e incluso podría estar actuando como una cobertura parcial frente a la inflación. La mayor incertidumbre macroeconómica sigue siendo menos de naturaleza geopolítica y continúa girando en torno al entorno de tipos de interés y a la cuestión de cuán sostenible es realmente la narrativa de “tipos más altos durante más tiempo”.
Desde el punto de vista fundamental, el contexto de mercado se ve respaldado por una sólida temporada de resultados empresariales. En las últimas semanas, las estimaciones de beneficios se han revisado de forma significativa al alza, lo que ha contribuido a aliviar parcialmente las preocupaciones en torno a las valoraciones. Al mismo tiempo, se ha producido una normalización de las valoraciones, especialmente en el sector tecnológico: la caída de las cotizaciones, junto con el aumento de las expectativas de beneficios —en particular en el segmento de software—, ha reducido los niveles de valoración agregados, con el múltiplo precio/beneficio (PER) a 12 meses del S&P 500 situándose temporalmente por debajo de 20. La inteligencia artificial sigue siendo el principal motor estructural de los mercados de renta variable, ahora cada vez más respaldado por una monetización tangible, restricciones de capacidad y un nivel persistentemente elevado de inversión en infraestructuras de IA, más allá del mero optimismo narrativo.
Desde una perspectiva regional, mantenemos una visión positiva sobre Asia y Europa y una postura prudente sobre Estados Unidos, si bien estructuralmente seguimos favoreciendo la exposición a los ganadores globales en inteligencia artificial. A nivel sectorial, continuamos prefiriendo áreas vinculadas a la IA, como los semiconductores y las infraestructuras, así como segmentos ligados a la energía y las materias primas, que se benefician de unos precios del petróleo más altos y actualmente actúan como estabilizadores tácticos. En nuestra opinión, la energía y los materiales constituyen “la guinda del pastel”, complementados con una exposición selectiva a energías alternativas e infraestructuras energéticas. Mantenemos una visión constructiva sobre el sector bancario, respaldada por unos resultados sólidos y métricas de crédito estables, si bien el entorno general, marcado por la incertidumbre geopolítica, política y monetaria, requiere un enfoque equilibrado y disciplinado.
Activos Alternativos
Seguimos considerando el oro como un diversificador eficaz y una posible cobertura frente a los riesgos geopolíticos, la incertidumbre inflacionista y una potencial pérdida de confianza en las divisas fiduciarias.
En los mercados de petróleo, el panorama a corto plazo sigue siendo frágil, dada la situación aún no resuelta en torno al estrecho de Ormuz. Los cuellos de botella logísticos, los riesgos sobre las infraestructuras y las posibles disrupciones en el transporte limitan el potencial a la baja y hacen probable nuevas subidas de precios a corto y medio plazo. En nuestra opinión, no pueden descartarse precios del crudo Brent en torno a los 120 USD por barril. Al mismo tiempo, mantenemos nuestra visión de que, en un horizonte de 12 meses, el mercado del petróleo es estructuralmente más propenso a un exceso de oferta, lo que sugiere que los precios deberían volver a situarse muy por debajo de los 80 USD, siempre que no se produzca una escalada sostenida. No obstante, cualquier disrupción prolongada convertiría rápidamente el petróleo de un problema puramente energético en uno macroeconómico, con los correspondientes efectos de contagio sobre la inflación y la política monetaria.