6/3/2026
El petróleo ocupó durante décadas una posición central en la mayoría de los episodios de tensión macroeconómica. En 1979, la revolución iraní contribuyó a un repunte significativo de los precios del crudo, presionando a la baja el crecimiento, elevando la inflación y deteriorando los balances por cuenta corriente. A medida que evoluciona la actual crisis en Oriente Medio, resulta pertinente recordar por qué aquel escenario ha quedado atrás.
En primer lugar, desde un punto de vista técnico, como muestra nuestro Gráfico de la semana, el consumo de petróleo por unidad de producto interior bruto (PIB) real ha disminuido de manera constante desde finales de los años setenta, tanto en la economía global como en Estados Unidos. Las mejoras en eficiencia, la progresiva terciarización de la economía y la sustitución del petróleo han reducido su peso en los costes de producción, que antaño convertían las perturbaciones de precios en shocks de alcance macroeconómico. Con una menor intensidad petrolera, los aumentos de precios afectan a un segmento más acotado de los costes productivos y tardan más en trasladarse a los salarios y a la inflación subyacente. A medida que las economías avanzan en su electrificación, cada dólar o euro adicional de producción incorpora hoy un volumen sustancialmente menor de barriles que en décadas pasadas.
En el caso de Estados Unidos, existe además un segundo elemento amortiguador, incluso ante un hipotético bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz. El auge del shale ha permitido que el país sea exportador neto anual de energía desde 2019. Ello implica que las perturbaciones de suministro de petróleo y gas tienden ahora a redistribuir renta dentro de la economía estadounidense, en lugar de generar un drenaje externo de magnitud comparable al de los años setenta. No supone una inmunidad completa, pero sí un mecanismo de transmisión distinto y, por lo general, más moderado.
No obstante, existen dos excepciones relevantes. En primer lugar, el Golfo Pérsico sigue siendo crítico no solo como proveedor energético, sino también como vía esencial para el transporte y el comercio mundial. En segundo lugar —y especialmente para Europa—, una menor intensidad petrolera no implica una menor vulnerabilidad energética. En gran parte del continente, el petróleo ha sido sustituido por electricidad, y los precios eléctricos se fijan con frecuencia al margen por centrales de ciclo combinado alimentadas con gas. Ello desplaza el canal de transmisión, pero no el riesgo: una interrupción en el suministro de gas natural licuado (GNL) puede elevar los precios de la electricidad y afectar simultáneamente a múltiples sectores. Aun así, el mensaje fundamental es claro: el petróleo ya no constituye el arma macroeconómica que una vez fue. Tal como señala Christian Scherrmann, economista de EE. UU. en DWS, “los precios del petróleo siguen siendo relevantes para los mercados, pero la economía estadounidense ya no depende de él en la misma medida que antes”. En definitiva, el crudo puede seguir reaccionando de forma abrupta ante determinadas noticias, pero la economía estadounidense ha aprendido a absorber estos episodios con una sensibilidad considerablemente menor que en el pasado.
Gráfico. La intensidad petrolera ha disminuido drásticamente.
Fuentes: Energy Institute, World Bank, DWS Investment GmbH; datos al 3/3/26
*Consumo de petróleo en millones de toneladas dividido por el PIB real en miles de millones de USD (año base 2015).
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