Cam­bio de ré­gi­men con un ca­rác­ter di­fe­ren­te

Gráfico de la semana

9/1/2026

La crisis en Venezuela constituye un caso de estudio sobre cómo los shocks en petróleo y metales pueden propagarse hacia la inflación y los tipos de interés, mientras la transición energética redefine las reglas tradicionales del mercado.
Un cambio di regime di natura diversa

Tras la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, el pasado fin de semana, persisten numerosas incógnitas, especialmente en lo que respecta a las materias primas globales. Pese a contar con las mayores reservas probadas de crudo del mundo, la producción lleva un cuarto de siglo en declive. Las reservas de bauxita, mineral de hierro, níquel y oro también parecen ser significativas, aunque nadie conoce con certeza su magnitud. Esto convierte los acontecimientos políticos en Caracas en un interesante caso de estudio sobre un cambio de régimen de naturaleza distinta. A medida que se acelera la transición energética y los metales adquieren un papel más central, los patrones tradicionales que vinculan la geopolítica, las expectativas de inflación y los tipos de interés están llamados a transformarse.

Nuestro ‘Gráfico de la Semana’ ilustra el mecanismo tradicional, que ha vuelto a captar la atención del mercado recientemente. Las tasas de inflación implícita —diferencia entre los rendimientos de bonos indexados a la inflación y los nominales— se consideran generalmente un indicador de las expectativas de inflación en el mercado de deuda. Curiosamente, estas expectativas correlacionan fuertemente con el precio del petróleo, como muestra nuestro gráfico. Dos factores explican este vínculo estrecho pero inestable. Primero, los precios del crudo se trasladan directamente a la inflación general del consumidor a través de los costes energéticos y de transporte. Segundo, el precio del petróleo aporta información en tiempo real sobre la demanda en hogares y empresas. Así, un petróleo más barato suele reflejar debilidad en la demanda agregada, anticipando un crecimiento más débil y presionando a la baja los rendimientos.

Siguiendo esta lógica, la mera expectativa de un aumento de la oferta puede enfriar los precios del crudo y reducir la inflación implícita a 10 años en EE. UU. Sin embargo, nadie sabe aún quién, a qué coste y en qué plazo podría recuperar el deteriorado sector de hidrocarburos venezolano. Como muestra el gráfico, la sensibilidad no es fija; depende en gran medida de si los inversores confían en que los bancos centrales mantendrán anclada la inflación. De ser así, las autoridades monetarias podrían ignorar shocks petroleros salvo que sean extremos. Por ello, los responsables de política se centran en la inflación subyacente, que excluye energía y alimentos volátiles.

Otros productos básicos —y quizá el petróleo en el futuro— presentan un patrón distinto. Los metales industriales se emplean principalmente como insumos en bienes de capital. A diferencia del crudo, los shocks en los precios de los metales afectan de forma persistente tanto a la inflación subyacente como a la general, especialmente en economías expuestas a través de redes de producción. Un encarecimiento de los metales se filtra en maquinaria y electrónica, haciendo que la inflación subyacente sea más rígida; los shocks petroleros inciden sobre todo en la inflación general. La historia demuestra lo complejas que son las transiciones: el paso del aceite de ballena al queroseno y los hidrocarburos en el siglo XIX fue caótico, volátil y duró décadas. “Los shocks de oferta en metales rara vez coinciden, y sus efectos sobre la inflación pueden ser menos visibles pero más persistentes”, señala Johannes Müller, Director de Investigación en DWS. “Ante acontecimientos geopolíticos, conviene mirar más allá del precio del petróleo para evaluar las implicaciones a largo plazo sobre la inflación.”

La relación cambiante entre los precios del crudo y las expectativas de inflación en EE. UU.

Fuentes: Bloomberg Finance L.P, Banco de la Reserva Federal de St Luis, a fecha de 06/01/25

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